Luis Andrés

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Escritos

 

El origen de la democracia moderna

     El ser humano primitivo era cazador y recolector. Probablemente los machos de la especie eran los encargados de buscar comida mientras las hembras cuidaban de la seguridad y la educación de las crías y los ancianos. Tanto la mayor fuerza física de los machos, como su condición inicial de proveedores, fueron, quizás, la causa de una posición inicial de dominio sobre las hembras.

     En el Neolítico, cuando el “homo sapiens” pasó de nómada a establecerse en un territorio y evolucionó hacia la agricultura y la ganadería, la sociedad ya estaba conformada en lo que conocemos como patriarcado, que quiere decir que la mujer está sometida al varón, y así ha continuado hasta nuestros días. El hombre como protagonista de la historia y las mujeres como esposas, madres y cuidadoras.

     Hasta los últimos años de las democracias modernas la sociedad ha sido estamental; alta nobleza, baja nobleza, clero, burócratas, burgueses, artesanos, temporalmente algunos campesinos libres (cuando eran dueños de sus tierras que más pronto que tarde les eran arrebatadas), vasallos, siervos y esclavos; estamentos o clases desiguales, con distinta consideración jurídica y social,  a cada uno de los cuales pertenecían un 50 % de mujeres sometidas al hombre.

     La desigualdad entre clases y el sometimiento del pueblo llano a los estamentos más poderosos era considerado normal y “natural” e incluso existen teorías iusnaturalistas para explicarlo y religión e iglesia para adoctrinar y conformar convenientemente a los fieles. Hasta que en el siglo XVIII, el siglo de las luces, en Francia e Inglaterra principalmente, surge un movimiento cultural, la Ilustración, las luces de la razón, integrado por pensadores que pretenden disipar las tinieblas en las que ha vivido la humanidad desde el comienzo de los tiempos; que se haga la luz.

     La Enciclopedia de Diderot se publica en 1750. Apoyándose en pensadores anteriores y en la tradición racionalista, Locke, Voltaire, Montesquieu, Rousseau, y algunos otros, consiguieron que las nuevas ideas de razón, libertad o igualdad dieran lugar a nuevos conceptos de progreso social, como la desaparición de las jerarquías, el constitucionalismo, la soberanía del pueblo, los derechos humanos universales, la democracia, etc. En 1789 Lafayette escribe la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano.

     Pero aquellas revolucionarias ideas de igualdad y de universalidad habían sido desarrolladas por hombres convencidos de que las sociedad patriarcal en que vivían era lo “natural”, de que la mujer era inferior al hombre porque siempre lo había sido, (olvidando que lo mismo podría decirse de las nuevas ideas racionalistas), desarrollando teorías (Rousseau) que excluían a la mujer de lo público y lo político y la confinaban al ámbito domestico, a la sumisión al esposo, a la maternidad y el cuidado de la familia.

     Olympe de Gouges escribió su Declaración de los derechos de la mujer y la ciudadana sólo tres años después que Lafayette, pero no tuvo trascendencia. Olympe no escribió una declaración de derechos exclusivos para la mujer, sino unos “derechos universales inalienables para la mujer y el hombre”, pero aún faltaba mucho tiempo para que las ideas de igualdad de sexos cuajaran en la sociedad. Sólo tras el movimiento sufragista y más tarde el feminista hemos llegado en nuestros días, en la sociedad europea occidental a una teórica igualdad que en muchos ámbitos no se da en la práctica.

     Las mujeres, excluidas de las libertades civiles y políticas, no obtuvieron el derecho al voto de manera general hasta mediados o finales del siglo pasado y aún no les es reconocido en algunos países árabes o en el Vaticano. Los derechos a un empleo igualitario, al divorcio, al aborto e incluso a la propiedad en iguales condiciones que el hombre, están reconocidos en su conjunto en muy pocos países del mundo. Sólo hace unos quince años se han aprobado medidas de democracia paritaria para conseguir el acceso de la mujer al poder político. Impulsadas por la Unión Europea se han promulgado leyes en algunos países, como España o Venezuela, en las que se establecen listas paritarias en las candidaturas políticas.

     Para hacer efectiva la igualdad entre la mujer y el hombre, allá en donde se ha aprobado, para que esas leyes sobre la igualdad no queden sólo en letras escritas sobre un papel, sino que se trasladen a la sociedad y la cambien, algunos estados han aprobado las llamadas leyes de discriminación inversa o de discriminación positiva, mejor llamadas acciones positivas temporales, pues la concepción europea más progresista estima que llegará un momento en que ya no serán necesarias. No integraría yo entre ellas a las leyes de paridad, pues lo que pretenden es el acceso igualitario al poder político y no posibilitan listas de un solo sexo, ya sabemos cual normalmente, como es habitual donde no existen.

     Tras el Renacimiento una larga lucha reivindicativa comenzó en el siglo de las luces; junto con las nuevas ideas de libertad apareció también una idea que cambiaría la sociedad:
—Todo lo escrito sobre las mujeres por los hombres debe ser sometido a sospecha, ya que son a la vez juez y parte. La situación de la mujer es similar a la esclavitud. (Françis Poullain de la Barre, 1647-1725).
—Una sociedad más justa es posible, (Diderot, 1713-1784).
Los hombres han violado el principio de igualdad de derechos al privar a las mujeres del derecho a la ciudadanía, (Condorcet, 1743-1794).
Hombres y mujeres han sido creados iguales, (Von Hippel, 1741- 1796).
Las mujeres no son inferiores a los hombres, sólo pueden parecerlo por recibir una educación inferior, (Mary Wollstonecraft, 1759-1797).
     Y muchos otros después, exigieron coherencia a aquella Ilustración patriarcal que proclamaba una igualdad y una universalidad que excluía a la mitad de la sociedad como resultado de perjuicios que se remontan a la noche de los tiempos. Una lucha en la que todavía estamos.

     Diciembre 2009

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